Publicado originalmente en 2021. Revisado en 2026, pero no ha cambiado gran cosa.
Escribir por escribir en un blog que nadie sigue. Qué cosa tan absurda, tan inútil. Igual que no crearse un perfil estrictamente dedicado para cada una de tus facetas. Igual que hacer algo que te vas a olvidar de compartir en redes. Qué absurdo y qué inútil es ser persona.
Todo tiene que servir para algo. Todo tiene que ser útil. Porque, si algo no es útil, ¿para qué está en este mundo? ¿Por qué ha de existir una obra, un escrito, un objeto, cualquier cosa que no sirva para nada, que no aporta nada?
Últimamente leo muchas reflexiones sobre aquella época en la que Internet comenzaba a abrirse paso en los ordenadores de las casas, aunque no en todas había uno, igual que no lo hay ahora. Cuando Internet era un refugio extraño, cuando las redes sociales eran una quimera, plataformas como Blogspot emergían para poner en las manos de cualquier persona las herramientas necesarias para crear un blog personal. Yo misma, en el instituto, tuve que crear un blog de la temática que quisiera en la asignatura de Tecnología, y era pura magia: escribías sobre algo que te emocionara, ponías unas cuantas imágenes sacadas de Google, le dabas a publicar y ahí estaba tu creación, ahí estaba tu opinión, ahí estaban tus palabras. En la red. Ahí estabas tú para que cualquiera pudiera leerte, conocerte.
¿Y no nació Fotolog con esa idea? Solemos recordar esa página como una suerte de chiste, un lugar donde decenas de adolescentes subían fotografías contando por qué ese día en el instituto había sido un aburrimiento, por qué querían más que nada del mundo a su mejor amiga, por qué fue tan especial ese día en el que el Rayo Vallecano ganó no sé qué partido. Era hablar por hablar, compartir por compartir, como en los primeros años de las redes sociales, donde se subían a Instagram fotos pixeladas, se hacían #FollowFridays en Twitter y se creaban grupos en Facebook basados en un chiste malo. Días simples en los que el trabajo y la imagen no lo eran todo, en los que no hacía falta que todo lo que subiéramos fuera útil. Días simples en los que el contenido no era un producto, en los que las personas no eran productos.
Ahora, si escribes un libro, necesitas abrirte un perfil nuevo en Instagram. Un perfil muy aesthetic, muy cuidado, para venderte bien con esa idea romántica de lo que sigue siendo escribir. Y otro perfil en X, antes Twitter, porque tu cuenta personal donde retuiteas memes no sirve. Igual que necesitas un perfil nuevo para postular a cualquier tipo de trabajo, porque nadie quiere ver que tienes una vida fuera del mismo. Esto me recuerda a un antiguo jefe que tuve, que me preguntó a qué me dedicaba cuando volvía de trabajar.
«No sé, salgo con mi novia, juego a videojuegos, leo, escribo, veo películas, un poco de todo», dije yo. ¿Qué iba a decir? Soy una persona con gustos de persona.
—Muy mal, deberías dedicar el tiempo libre a estudiar y hacer cursos para mejorar en el trabajo —respondió él.
Yo dije que haría eso si me apetecía, por ejemplo, mejorar como redactora; pero en ese momento estaba enseñándome a hacer páginas con código HTML, y me dijo que tenía que apuntarme a un curso de programación.
Yo, obviamente, dije que no.
—¿Por qué? —preguntó él, sorprendido.
—Porque no me gusta —dije yo.
—Pero no te tiene que gustar —insistió—, te tiene que resultar útil.
—Ahí está la cosa, que no me resulta útil —dije—. Ahora mismo lo estoy aprendiendo porque tu página funciona así pero, si quiero trabajar contigo a largo plazo y sólo voy a utilizar el código HTML aquí, ¿por qué iba a meterme a un FP de programación, para dar cosas que no me gustan?
—¡Porque no te tienen que gustar! —siguió, enfadado. Y luego dijo:— ¡Tienes que hacerlo para ser útil!
¿Y qué es ser útil? ¿Es esto que estoy haciendo ahora mismo útil? ¿Sirve de algo lo que estoy escribiendo? ¿Lo va a leer alguien? ¿Y le va a resultar útil?
Lejos de señalar lo obvio y decir que sí, que es útil como ejercicio creativo y de desahogo… ¿y qué si no es útil? Hemos normalizado poco a poco que tenemos que dedicar el tiempo libre a hacer algo productivo. Llámalo crear un perfil profesional en redes, llámalo escribir un blog medido al milímetro, llámalo participar en tres cursos diferentes sobre algo que no te gusta para salvar tu puesto como auxiliar en una empresa que te va a echar a los tres meses para empalmar contratos de prácticas. Pero, ¿pasa algo por ser inútiles? ¿Pasa algo por ser personas?
Supongo que no tiene nada de utilidad dormir hasta las diez el fin de semana, ni ver una película mala en el sofá abrazando a tu pareja. No tiene nada de utilidad ir a comer con tus padres, jugar durante una hora y media con tu gata ni tirarte a leer mientras tu pareja te acaricia el pelo. No tiene ninguna utilidad subir una foto de un atardecer sin filtros, ni tener un perfil de Instagram que simplemente narre lo simple que es la vida a veces. No tiene ninguna utilidad abandonar las redes durante dos días porque estás sumergiéndote de lleno en una experiencia inútil, porque no la estás compartiendo con el mundo. Porque, supongo, no tiene nada de utilidad encerrarse de vez en cuando, crear un espacio sólo para ti, o para dos personas, o para cuatro, y reír un poco, y llorar un poco, y dejarse llevar un poco. Porque, mientras tanto, miles de personas han estado acumulando likes que tú no tienes y no vas a tener, porque no has subido ni una foto de tu escapada de fin de semana.
Supongo que no tiene nada de utilidad escribir algo como esto, ni escribir por escribir, ni divagar en un blog que un día te habla de videojuegos, otro de cine y otro, de lo rico que estaba el pollo con curry del otro día. Pero a mí me resulta útil, así que lo hago igual.
Y si fuera inútil…
¿Qué más da que sea inútil?

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