Cosas que creo que tengo pero que en realidad sólo me dejan usar

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Voy a hacer una lista. No porque me gusten las listas (que no me gustan, me parecen el recurso de la gente que no sabe escribir párrafos), sino porque necesito verlo escrito para asimilar el golpe. Un inventario de las cosas que forman mi vida cotidiana y que, técnicamente, no son mías:

  • La música que escucho.
  • Las series que veo.
  • Las fotos que guardo en la nube.
  • Las aplicaciones con las que trabajo.
  • Los videojuegos a los que me vicio.
  • El teléfono que llevo en el bolsillo, que todavía estoy pagando a plazos.
  • Y si me apuras, el techo bajo el que duermo, porque vivo de alquiler en un país donde comprar una vivienda requiere o una herencia providencial o un pacto con entidades que prefiero no nombrar.

Todo eso existe en mi vida. Todo eso lo uso todos los días. Y nada de eso es mío.

Si mañana Spotify decide que mi cuenta ha caducado, pierdo quince años de listas de reproducción. Si Game Pass peta, adiós a todas las horas de juego y a mi lista de pendientes. Si Adobe se enfada conmigo (o, más probablemente, si yo me enfado con Adobe), me cobran una penalización que ellos llaman «tarifa de cancelación anticipada» y el resto del mundo llama «chantaje con factura». Si mi casera decide que este año le apetece un 10% más, me toca aceptar o buscar otro sitio donde vivir. En teoría tengo opciones. En la práctica, tengo permiso.

Bienvenidos a la era en la que no eres dueño de tu vida. Eres inquilino de ella.

El mundo como servicio

La idea de la suscripción no es nueva. Nuestros abuelos se suscribían al periódico, a la leche del lechero, al vino del mes. La diferencia es que ellos sabían perfectamente que estaban pagando por un servicio recurrente porque el periódico aparecía en su puerta cada mañana. Era tangible. Era obvio. No hacía falta leer cuarenta páginas de términos y condiciones para saber que estabas suscrito a algo.

Lo que ha cambiado es la escala y, sobre todo, la opacidad. La tecnología ha permitido que absolutamente todo se convierta en una suscripción. Y cuando digo todo, quiero decir todo. ¿Una impresora? HP te ofrece alquilar una por 8 dólares al mes. Suena razonable hasta que haces las cuentas: al cabo de dos años has pagado un 20% más de lo que costaba comprarla directamente. Y al final de esos dos años, según los propios términos de servicio de HP, la impresora sigue sin ser tuya. Has pagado 192 dólares por el privilegio de usar algo que nunca te perteneció.

¿Dormir? La empresa 8Sleep vende una funda de colchón inteligente por más de 3.000 dólares cuya funcionalidad principal está bloqueada tras una suscripción mensual de 17 dólares. Obligatoria durante al menos el primer año. Has leído bien: una suscripción para dormir. En tu propia cama. Con un cacharro que ya has pagado.

¿Un PC para jugar? La empresa NZXT te deja alquilar uno por 129 dólares al mes. En 15 meses ya has pagado más de lo que vale el ordenador. Si lo mantienes cinco años (algo perfectamente normal para un PC de sobremesa) habrás desembolsado más de 7.700 dólares. Por esa cantidad podrías haber comprado el mismo ordenador cuatro veces.

La economía de suscripción global alcanzó los 557.800 millones de dólares en 2025, y se espera que supere el billón en 2030. No es un nicho: es el modelo económico dominante. Y el 78% de los adultos del mundo tiene ya al menos una suscripción activa.

Pero quizá la cifra que mejor resume la situación es esta: el consumidor medio gasta más de 133 dólares mensuales en suscripciones. Unos 1.600 dólares al año. Y un 41% de esos consumidores reconoce experimentar lo que los anglosajones han bautizado con elegancia como subscription fatigue y que en castellano se traduce mejor como «estoy hasta los cojones».

Cómo llegamos hasta aquí (spoiler: culpa del cable)

El camino hacia el «todo es una suscripción» tiene una genealogía bastante clara. Empezó con la televisión por cable en los años 70, cuando HBO descubrió que la gente pagaría mensualmente por acceder a un canal de contenido curado. Fue uno de los primeros ejemplos de pagar una suscripción sin recibir nada físico a cambio. Y funcionó espectacularmente: HBO acumuló más de 14 millones de suscriptores en una década.

A mediados de los 80, docenas de canales siguieron su ejemplo. El porcentaje de hogares estadounidenses con cable pasó del 7,5% en 1970 a casi el 67% en 1999. Después vinieron los proveedores de internet como AOL, que engancharon a millones de personas al pago mensual por conectarse. Y entonces las empresas entendieron algo crucial: una relación con el consumidor basada en un flujo continuo de ingresos mensuales es infinitamente más lucrativa que una venta puntual.

Salesforce empezó a vender software como servicio. Rhapsody (¿alguien se acuerda de Rhapsody?) intentó hacer lo mismo con la música. Blizzard enganchó a millones al World of Warcraft por una cuota mensual. Pero fue el smartphone lo que consolidó la transformación: por primera vez, llevabas internet en el bolsillo, y con él, una puerta abierta permanente a la suscripción.

El intercambio parecía justo al principio: tú renuncias a un poco de control, y a cambio obtienes comodidad. Acceso inmediato. Sin costes iniciales altos. Sin compromisos aparentes. El problema es que lo de «sin compromisos» era mentira. Sólo que la letra pequeña estaba, literalmente, en letra pequeña.

El truco está en que no te vayas

Las suscripciones no son populares entre las empresas porque sean buenas para el consumidor. Son populares porque generan ingresos recurrentes (algo que los inversores adoran) y porque son, en la jerga del sector, «pegajosas». Es decir: la mayoría de la gente no cancela. No porque esté satisfecha, sino porque cancelar es un engorro, o porque directamente se le olvida (hola 👋).

Los datos son reveladores: las personas son cuatro veces más propensas a cancelar cuando tienen que tomar una decisión activa. Las empresas lo saben, por eso la renovación es automática y la cancelación es un laberinto. Según investigaciones recientes, las compañías ganan hasta un 200% más de ingresos gracias a sus suscriptores «desatentos». Es decir: los que pagan mes a mes por algo que ni siquiera usan.

Y cuando intentas irte, empieza el espectáculo. La FTC estadounidense (la agencia de protección al consumidor) demandó a Adobe en 2024 por, textualmente, «atrapar a los consumidores en suscripciones anuales mediante tarifas de cancelación ocultas y numerosos obstáculos para darse de baja». Adobe empujaba a los usuarios hacia un plan que parecía mensual pero que en realidad era un compromiso anual. Si querías cancelar antes de tiempo, te cobraban el 50% de las mensualidades restantes. Un ejecutivo de la propia Adobe describió estas tarifas como «una especie de heroína» para la empresa, adicta a los ingresos que generaban.

Los llamados «patrones oscuros» (interfaces diseñadas deliberadamente para confundir al usuario) son moneda corriente. Un 60% de los consumidores ha evitado suscribirse a algún servicio por miedo a las dificultades de cancelación. Un 40% tuvo problemas para encontrar información sobre cómo darse de baja. Y un 32% acabó teniendo que llamar a atención al cliente para completar el proceso, que es el equivalente digital de ir al ayuntamiento a pedir un certificado.

En 2025, los hogares estadounidenses han pasado de 4,1 suscripciones de media a 2,8; una caída del 32% en un solo año. Casi la mitad de los suscriptores dice que cualquier subida adicional de precio sería inaceptable. La gente está empezando a cortar. Pero las empresas no se lo ponen fácil.

La vivienda como suscripción premium

Todo lo anterior (Spotify, Adobe, la impresora que no es tuya) es molesto. Irritante. A veces absurdo. Pero hay un punto en el que el modelo de suscripción deja de ser una anécdota graciosa sobre el capitalismo tardío y se convierte en algo que te quita el sueño. Ese punto es la vivienda.

Porque, pensémoslo un momento: ¿qué es un alquiler sino una suscripción a tu propia casa? Pagas mensualmente a una persona (o a un fondo de inversión, cada vez más frecuentemente) que posee algo que tú necesitas para vivir. Cuando esa persona quiere y decide, te sube el precio. Si no puedes pagarlo, te vas. Y esa casa que tanto has pagado nunca será tuya. Es Netflix, pero con goteras y fianza y la caldera no funciona aunque el gas te cueste 200 euros.

En España, la situación es particularmente brutal. El precio del alquiler cerró 2025 con una subida del 8,5% anual, situándose en 14,7 euros por metro cuadrado de media. En Madrid, 20,8 euros. En Barcelona, 23,8 euros. El alquiler medio nacional es de 1.184 euros al mes. En los últimos cinco años, el precio ha subido un 30%.

Pero es entre los jóvenes (hola otra vez 👋) donde las cifras se vuelven directamente obscenas. Según el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, una persona joven asalariada tendría que destinar el 92,3% de su salario para alquilar una vivienda en solitario. El noventa y dos coma tres por ciento. Sólo el 15,2% de los jóvenes españoles vive fuera del hogar familiar, el dato más bajo desde que se tienen registros. Ya se habla de la «generación inquilina»: el 57,9% de los jóvenes emancipados vive de alquiler. Y comprar tampoco es alternativa: el precio medio de una vivienda equivale a 14 años de salario íntegro de un joven. La entrada necesaria supone cuatro años de sueldo completo. Sin gastar un euro en nada más.

Y aquí es donde el paralelismo con las suscripciones digitales deja de ser una metáfora ingeniosa y se convierte en un patrón estructural. El casero funciona exactamente igual que Adobe o Netflix: tú pagas, él retiene la propiedad, y cuando las condiciones cambian, el que se adapta o se va eres tú. La diferencia es que cuando Netflix te sube el precio, puedes cancelar y buscarte otra cosa. Cuando tu casero te sube el alquiler en una ciudad con un 40% menos de oferta que hace cuatro años, tus opciones son bastante más limitadas.

¿Qué prefiere un propietario: vender un piso por 200.000 euros de una vez, o cobrar 1.200 euros al mes indefinidamente? La respuesta es obvia. Es el mismo razonamiento que lleva a Adobe a preferir la suscripción mensual a la licencia perpetua. Ingresos recurrentes. Previsibles. El santo grial del capitalismo moderno, ya sea en Silicon Valley o en Idealista.

Feudalismo con WiFi

Hay académicos (gente más lista que yo, con publicaciones revisadas por pares y todo) que describen lo que está ocurriendo como un retorno al feudalismo. Un mundo en el que no posees nada, no controlas nada, y los beneficios de todos esos recursos están acaparados por un puñado de empresas tecnológicas y de medios que controlan tu acceso a ellos.

Es una comparación provocadora, pero no tan descabellada cuando te paras a pensarla. En el feudalismo clásico, el señor era dueño de la tierra. Tú la trabajabas y le pagabas una renta por el privilegio. Si el señor decidía subir la renta o cambiar las condiciones, no tenías mucho donde recurrir. Tu bienestar dependía enteramente de la voluntad de alguien que controlaba un recurso que tú necesitabas para vivir.

Ahora sustituye «tierra» por «software», «entretenimiento», «almacenamiento en la nube» o, directamente, «vivienda». El mecanismo es el mismo. La concentración empresarial ha agravado el problema: con menos competencia, las empresas están en una posición mucho mejor para extraer el máximo precio que el consumidor pueda soportar.

Y se pierde algo más que dinero. Se pierde la capacidad de hacer con tus cosas lo que quieras. Cuando comprabas un DVD, podías prestárselo a un amigo, venderlo de segunda mano, regalarlo, pasarlo de generación en generación. Cuando Netflix bloqueó el uso compartido de contraseñas, hizo visible algo que llevaba tiempo ocurriendo en silencio: en la economía digital, esos mercados secundarios simplemente no existen. No puedes revender tu suscripción a Spotify. No puedes heredar la biblioteca de Kindle de tu madre. No puedes prestar tu cuenta de Adobe a un colega que necesita Photoshop una tarde.

Aaron Perzanowski, que escribió un libro titulado The End of Ownership ya en 2016, es ahora más pesimista que entonces: «Las cosas son peores de lo que imaginábamos que serían. Nuestro comportamiento diario está basado en la idea de que las cosas que usamos cada día están bajo nuestro control exclusivo. Cuando nos alejamos de eso, ¿cuál es el modelo para una economía sin propiedad?»

Buena pregunta. No tengo respuesta, pero me preocupa.

Los que se resisten (o al menos lo intentan)

No todo es rendición. Hay bolsas de resistencia. Pequeñas, a veces un poco románticas, pero reales.

Desde 2005, las ventas de vinilos han crecido más de un 12.000%. En Brooklyn, un barrio que los locales llaman el «callejón analógico» alberga tiendas de discos, juegos de mesa, VHS y DVDs en pocas manzanas. Night Owl Video, una de ellas, declara con orgullo «muerte al streaming» y ofrece entre 8.000 y 10.000 películas en formato físico. Sus dueños, Jess y Aaron, creen que los algoritmos de las plataformas han devaluado la experiencia de elegir qué ver: «Te alimentan con un algoritmo, y te equivocas al pensar que está perfectamente adaptado a tus gustos. Probablemente acabarás haciendo scroll durante una hora sin encontrar nada».

En el mundo del software, Procreate se ha convertido en un caso de estudio al negarse a adoptar el modelo de suscripción. James Kuda, su fundador, lo tiene claro: «Técnicamente ganaríamos más dinero con suscripciones. Pero generas un sentimiento de agravación y de estar atrapado que los clientes no olvidan». En el mundo de los videojuegos, la plataforma GOG mantiene su compromiso con la distribución sin restricciones digitales: si compras un juego allí, los archivos son tuyos. Puedes instalarlos aunque el desarrollador desaparezca mañana.

Son excepciones. Son casi actos de rebeldía en un sistema que empuja en la dirección contraria. Pero existen. Y el hecho de que la gente responda con tanto entusiasmo a estas alternativas (que una tienda de DVDs en Brooklyn sea noticia, que Procreate sea un éxito comercial sin suscripciones) sugiere que el hartazgo es real.

El inventario, revisado

Vuelvo a mi lista del principio. La música que no es mía. Las series que no son mías. Las fotos que no son mías. La casa que no es mía.

No soy ingenua. No creo que vayamos a volver a un mundo donde todo se compra una vez y dura para siempre. El streaming no va a desaparecer. El software como servicio tampoco. Y el mercado inmobiliario español no se va a arreglar porque yo escriba un artículo enfadado en un blog que lee mi novia y cuatro personas más.

Pero me preocupa la dirección. Me preocupa que «poseer cosas» se convierta en un lujo nostálgico, un capricho vintage, como coleccionar vinilos o ir al videoclub. Me preocupa que aceptemos como normal que cada aspecto de nuestra vida cotidiana dependa de la buena voluntad de una empresa que puede cambiar las reglas cuando quiera. Me preocupa, sobre todo, que haya una generación entera de personas para las que esto es lo único que han conocido, y que por tanto no sepan que las cosas pueden ser de otra manera.

Un investigador al que entrevistaron para un documental lo expresó mejor que yo: «Lo que me preocupa es que el statu quo es más deseable para las empresas que controlan estos mercados, y no creo que sean capaces de ceder ese control sin una lucha real».

Mientras tanto, aquí estamos. Pagando el alquiler. Todos los alquileres. El del piso, el de la música, el de las herramientas de trabajo, el del derecho a imprimir cosas en tu propia impresora.

Inquilinos de nuestra propia vida, con el contrato en renovación automática y la cancelación en letra pequeña.

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