La autopsia

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Hoy, 20 de marzo de 2026, Perfect Blue volvía a los cines españoles en 4K. La opera prima de Satoshi Kon, estrenada en 1997, regresa a la pantalla grande casi treinta años después. Es una noticia que me interesa: me encanta Satoshi Kon, me encanta su cine, me encanta Perfect Blue y quiero ir a verla. Así que hago lo que hace cualquiera en 2026 cuando quiere saber dónde ponen una película: lo busco en Google.

El primer resultado es un artículo de DOD Magazine. La URL dice «donde-ver-perfect-blue», que promete lo que busco. Entro. El artículo me cuenta que Mima Kirigoe es una joven cantante que deja su grupo idol CHAM! para iniciar una carrera como actriz. Me explica que la película combina identidad, fama y obsesión. Me informa de que Satoshi Kon fue un director importante. Tiene un apartado que se titula, literalmente, «Dónde ver online Perfect Blue» pero que en vez de responder a esa pregunta (que no es la que yo me hacía, pero bueno) sigue hablándome de la influencia de la película en el thriller contemporáneo. Al final, como de pasada, menciona que está disponible en Amazon Prime Video. Sobre cines, salas, horarios, ciudades, formato 4K: nada.

El segundo resultado es de Mundiario. La sinopsis de Perfect Blue está parafraseada con la cadencia de un trabajo de instituto que necesita llegar al mínimo de palabras. Un apartado sobre por qué es una obra clave que no dice nada que no diga la contraportada del Blu-ray. Intercalados entre los párrafos, bloques publicitarios sobre los Oscars, Invincible y Riz Ahmed. La única información concreta del artículo (que la película se reestrena el 20 de marzo, supuestamente) cabe en un tuit. El artículo, no.

El tercer resultado es de Hobby Consolas, que pertenece a Henneo. Este al menos tiene un ángulo: compara el reestreno de Perfect Blue con el de Your Name, que vuelve a los cines el mismo día. Menciona que es en 4K. Es lo más cercano a información útil que he encontrado, pero al rato el artículo se convierte en otra noticia completamente distinta sobre la película de Peaky Blinders en Netflix, pegada debajo como si fuera el mismo texto, diseñada para que sigas haciendo scroll. Al pie del artículo: el logo de Henneo Magazines, grande y orgulloso.

Tres artículos. Ninguno me ha dicho en qué cine puedo ver Perfect Blue hoy, si es que puedo. Que por cierto: no, no puedo, ya que esta «noticia» viene de un tuit de Selecta Visión de hace medio año y, claramente, los planes de reposición en el cine han cambiado. Pero eso no da visitas.


Esta semana, el grupo Noxvo (editor de FormulaTV, eCartelera, Bekia, Zonared, Los Replicantes y varias cabeceras más) ha comunicado su cierre tras entrar en concurso de acreedores. Más de veinte años de actividad, una plantilla entera a la calle en un mes, los sueldos pendientes tramitados a través del FOGASA. Hace unos días, la web de la revista Pronto dejó de actualizarse: si entras ahora, sólo lees un mensaje que te redirige al quiosco. A finales de 2025, Genbeta cerró después de veinte años online. Xataka Android, del mismo grupo Webedia, también. La Manzana Mordida, de ADSLZone, igual.

La narrativa dominante para explicar estos cierres es sencilla y tiene un culpable con nombre y apellidos: la inteligencia artificial de Google. Los AI Overviews (esos resúmenes generados por IA que aparecen en la parte superior de los resultados de búsqueda) están respondiendo directamente a las preguntas de los usuarios sin necesidad de que hagan click en ningún enlace. Según el Reuters Institute, el tráfico desde el buscador de Google hacia medios de comunicación cayó un 33% a nivel global en 2025. En medios tecnológicos de Estados Unidos, la caída llegó al 58%. En editores españoles, ronda el 34%. Algunas fuentes hablan de desplomes del 80% en medios concretos. El diagnóstico del sector es casi unánime: Google nos está matando. Y en parte es verdad: Google está absorbiendo el tráfico que antes repartía, convirtiendo un motor de búsqueda en un motor de respuestas, quedándose con el contenido que otros producen y devolviendo a cambio cada vez menos visitas. Es un problema real y grave, y no pretendo minimizarlo.

Pero ¿estaba la IA de Google ahí cuando querías leer un artículo y tenías que dedicar medio minuto a cerrar el banner de cookies que ocupaba toda la pantalla, y otro medio minuto a buscar el botón de «rechazar» que alguien había diseñado deliberadamente para que no lo encontraras? ¿Estaba la IA de Google ahí cuando la web en la que intentabas leer una noticia tenía más superficie de anuncios que de texto, con vídeos que se reproducían solos en una esquina, banners que se expandían al pasar el ratón y pop-ups que te pedían que te suscribieras al boletín antes de haberte dejado leer una sola frase? ¿Estaba la IA de Google ahí cuando buscabas algo concreto (en qué cines ponen esta película, cuánto cuesta este producto, qué dice esta ley) y encontrabas un artículo de 2.000 palabras que no respondía a tu pregunta pero que tenía las keywords perfectamente colocadas para aparecer el primero en los resultados? ¿Estaba la IA de Google ahí cuando las redacciones vaciaron las plantillas de periodistas especializados y las llenaron de redactores que cobraban por pieza para producir contenido a destajo sobre cualquier tema que tuviera volumen de búsquedas, diera igual si el redactor sabía algo del tema o no, diera igual si el lector encontraba lo que buscaba o no?

No, la IA de Google no estaba ahí. Todo eso lo hicieron los medios solitos.

Conozco la máquina por dentro, ya que trabajé en un medio digital. Ya he contado cómo funciona la cadena de producción del contenido de afiliación: alguien que no sabe de coches escribe sobre los mejores aditivos para tu motor, alguien que no ha probado un auricular en su vida redacta una guía de compra que suena a experto, alguien que nunca ha tocado un faro de coche te recomienda cuál comprar.

Pero lo que quiero decir aquí va más allá de la afiliación. La afiliación es la versión más cruda de algo que afecta a todo el periodismo digital: la escritura como producto industrial, medida en volumen y optimizada para un algoritmo. Escribíamos para posicionarnos, no para el lector. Sabíamos que el lector llegaba a una página especializada buscando información útil y se encontraba con un pastiche más o menos bien construido por alguien que podía investigar, sí, pero que no tenía la menor idea del tema porque no había probado los productos siquiera, porque no le habían dado tiempo para probarlos, porque probarlos no entraba en la ecuación. La ecuación era otra: tantas piezas al día, tantas palabras por pieza, tales keywords en tales posiciones. El lector era el medio, no el fin.

Y lo que pasa cuando tratas al lector como el medio y no como el fin es que el lector, un día, se va. No necesita que la IA de Google le empuje: se va porque nunca tuvo motivo para quedarse. Nadie le dio motivos. Nadie escribía para él.


Noxvo construyó un imperio de portales verticales: televisión, cine, videojuegos, entretenimiento, motor, moda masculina. Cada portal dirigido a un nicho concreto, todos monetizados con publicidad digital y branded content. Durante años, la red funcionó porque Google enviaba tráfico gratuito en cantidades enormes a cualquier web que supiera jugar al juego del SEO. El modelo de negocio dependía enteramente de ese tráfico, que a su vez dependía enteramente de un algoritmo que pertenecía a una empresa que nunca prometió que el grifo seguiría abierto.

Cuando Google cambia las reglas (como ya ha hecho antes, como volverá a hacer), el castillo de naipes se cae. Pero el castillo de naipes no se cae por el viento: se cae porque era un castillo de naipes. Construir tu negocio sobre tráfico orgánico gratuito de una plataforma ajena es como montar un restaurante en un solar que no es tuyo: puede funcionar mucho tiempo, pero un día el dueño del solar te echa y no tienes a quién reclamar.

Lo que el Reuters Institute documenta es especialmente revelador: los medios más golpeados por la caída del tráfico son los especializados en contenido atemporal y de servicio (guías de televisión, horóscopos, tiempo, recomendaciones de producto). Es decir, exactamente el tipo de contenido que puede responderse con un resumen de tres líneas. El tipo de contenido que, si eres honesto, ya no necesitaba un artículo de 2.000 palabras para existir. La IA de Google no ha matado contenido valioso, sino que ha hecho innecesario contenido que ya era prescindible.

Y aquí es donde la cosa se pone incómoda, porque entre los escombros hay personas reales: los trabajadores de Noxvo van a cobrar sus sueldos a través del FOGASA. Los de Genbeta perdieron su empleo cuando Webedia decidió cerrar el vertical. Los de Pronto vieron cómo su web desaparecía de un día para otro. Son periodistas, redactores, diseñadores, gente que necesita su sueldo para vivir, y eso es una tragedia que no se minimiza ni se relativiza. Pero hay que señalar algo que el sector prefiere no decir en voz alta: estas mismas empresas que ahora lloran los cierres son, en muchos casos, las que llevan años precarizando el trabajo periodístico.

El periodismo digital español tiene un problema endémico con los falsos autónomos (redactores que trabajan en exclusiva para un medio, con horarios fijos, entregas pautadas y dependencia editorial, pero dados de alta como autónomos para ahorrarse la empresa las cotizaciones y los derechos laborales). Según la Federación de Sindicatos de Periodistas, el número de periodistas autónomos en España se duplicó en una sola década, de 30.000 a 65.000, y una parte significativa de ese crecimiento corresponde a falsos autónomos. Hay sentencias judiciales contra Eurosport, contra Unidad Editorial, contra Onda Madrid. Ferrán Monegal, treinta años como falso autónomo en El Periódico de Catalunya, tuvo que ir a juicio para que le reconocieran lo que era: un trabajador.

Cuando escucho al sector del periodismo digital quejarse de que Google le está matando, no puedo evitar pensar en aquellos empresarios de hostelería que se quejan de que nadie quiere trabajar. El lamento es el mismo: miran hacia fuera para no tener que mirar hacia dentro. El problema no es sólo que Google haya cambiado las reglas; el problema es que el modelo que esas reglas sostenían ya estaba podrido. Sostenido con trabajo precario, contenido fungible y una relación con el lector que nunca existió.


El contenido que los AI Overviews de Google pueden reemplazar sin que nadie pierda nada es, precisamente, el contenido que ya no ofrecía nada que un resumen automático no pudiera dar. Si tu artículo es una sinopsis de Wikipedia reescrita con tres párrafos de relleno y un titular optimizado para SEO, la IA no te está robando nada, sino que te está haciendo la autopsia.

Yo busqué en qué cines ponían Perfect Blue en 4K. Tres artículos me dieron la sinopsis de la película. Ninguno me dijo dónde podía verla. Si mañana Google me da directamente la sinopsis en un resumen de IA, ¿qué pierdo exactamente? Nada que esos artículos me estuvieran dando ya.

El contenido que la IA no puede reemplazar es el que ofrece algo que un resumen no puede capturar: criterio, experiencia, punto de vista, contexto, honestidad, profundidad. El tipo de contenido que, por ejemplo, sí ofrecía HouseFresh cuando compraba purificadores de aire con su propio dinero y los probaba durante semanas. El tipo de contenido que una reseña de verdad, escrita por alguien que sabe de lo que habla, todavía puede ofrecer. Pero ese contenido es caro de producir, incompatible con el modelo de volumen, y Google también lo ha penalizado, porque la autoridad que el algoritmo reconoce no es la del conocimiento real sino la de la marca grande. HouseFresh perdió el 91% de su tráfico después de denunciar que los grandes medios publicaban guías de compra sin haber tocado los productos. Así que sí: Google tiene responsabilidad, pero no la que el sector le atribuye. La responsabilidad de Google no es matar medios, sino haber creado un ecosistema que premiaba producir basura a escala y ahora castigarlo sin distinguir entre la basura y lo que no lo era.

Cuando todas estas webs cierren (y van a seguir cerrando, porque las matemáticas no dan), ¿de dónde va a sacar la IA la información con la que genera sus resúmenes? Los AI Overviews de Google se nutren del contenido que producen los medios. Si los medios desaparecen, la fuente se seca. Es la serpiente que se muerde la cola: Google succiona el tráfico de las webs para ofrecer respuestas directas, las webs mueren, y cuando ya no queden webs de las que succionar, ¿qué va a resumir la IA? ¿Resúmenes de otros resúmenes? ¿Ecos de ecos, como el teléfono escacharrado pero a escala industrial?

Pero hay otra pregunta, más incómoda aún, que nadie en el sector parece querer hacerse: ¿y si una parte significativa de lo que estamos perdiendo no merecía ser salvado? No hablo de los trabajadores, que merecen condiciones dignas y un sector que no los explote; hablo del producto. De las miles de palabras de Mundiario para no decir que Perfect Blue se estrena el 20 de marzo. De los titulares SEO que prometen «dónde ver» y no te dicen dónde ver. De las guías de compra escritas sin haber tocado un producto. De las noticias que se copian entre sí y no dicen nada. De todo ese contenido industrial que ocupaba internet haciéndose pasar por información.

La IA de Google, más que matar al periodismo digital, le ha hecho una autopsia, y lo que el informe del forense dice es que el paciente llevaba mucho tiempo enfermo: enfermo de volumen sin sustancia, de algoritmo sin lector, de modelo de negocio sin modelo de valor.

No escribías para el lector, así que no llores ahora porque el lector se ha ido.

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