El sistema detrás del sistema (o por qué la rutina de las 4 de la mañana necesita que alguien haga la cena)

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Hay un tipo de hombre en LinkedIn que todos conocemos: tiene la misma cara, lee los mismos libros, usa las mismas frases. Cita a los mismos ejemplos, que siempre son hombres, y siempre son los mismos hombres: Steve Jobs, Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates. Warren Buffet, si el gurú ha hecho un cursillo exprés de marketing en Domestika. Murakami, si el gurú se siente literario. La premisa es siempre la misma: para ser productivo, necesitas un sistema.

Y el ejemplo que me hizo escribir esto es Haruki Murakami, porque la historia que cuentan de él es irresistible: un tío que tiene un bar de jazz, que un día está viendo un partido de béisbol y de repente piensa: «hostia, yo podría escribir una novela», y se va a comprar papel y bolígrafos y empieza a escribir esa misma tarde. Así, como quien decide hacerse una tortilla. La historia de origen perfecta: un acto puro de voluntad individual. Y luego, claro, el sistema: se levanta a las cuatro de la mañana, escribe seis u ocho horas, y después corre diez kilómetros o nada mil quinientos metros. Cada día. Sin variación. Es un monje de la productividad, un atleta de la disciplina.

Y el gurú de LinkedIn te lo cuenta así, con su foto de perfil de frente y con los brazos cruzados y su cita de Marco Aurelio, y te dice: «Mira, es cuestión de tener un sistema. Si Murakami puede, tú puedes. Sólo necesitas disciplina».

Y yo me quedo pensando: vale, sí, todo muy bonito, pero yo ahora tengo que poner una lavadora y hacerme la cena.

¿Quién le hace la cena a Murakami?

Murakami conoció a Yoko Takahashi en la universidad. Se casaron en 1971. Abrieron juntos el bar de jazz, Peter Cat, y resulta que Yoko tenía más experiencia empresarial que él cuando lo montaron. El bar funcionó durante siete años, y entonces Murakami tuvo su epifanía beisbolística y decidió que iba a ser escritor.

Todo el mundo pensó que estaba loco: el bar iba bien, era un negocio rentable, pero Yoko le apoyó. Cerraron el bar, vendieron la casa, se mudaron al campo y Murakami se puso a escribir sus primeras novelas (la Trilogía de la Rata) mientras Yoko… Bueno, Yoko hacía todo lo demás. Gestionó su carrera, llevó los negocios, se encargó de la correspondencia, los editores, los contratos. Se convirtió en su primera lectora, y según él es feroz con la crítica: «Mi mujer sabe cuándo un libro está listo para publicarse», ha dicho en entrevistas.

Ah, y decidieron no tener hijos, lo cual es relevante para lo que viene. Porque Murakami, sin hijos, con una mujer gestionando toda su vida profesional y doméstica, tiene «un sistema».

Lo que tiene Murakami, en realidad, es una infraestructura. Una infraestructura con nombre de mujer que apenas aparece en fotos públicas, que no habla con medios, que es prácticamente invisible. Yoko Murakami es el sistema detrás del sistema, pero al gurú de LinkedIn no le interesa mencionar eso.

El genio y su infraestructura

Lo de Murakami no es una excepción, sino un patrón. Si rascas un poco en la biografía de prácticamente cualquier «genio» masculino, encuentras lo mismo: detrás del sistema hay alguien (casi siempre una mujer) haciendo que el sistema funcione.

Empecemos por el caso más escandaloso de la literatura mundial: Sophia Tolstaya. Se casó con León Tolstói en 1862. Ella tenía dieciocho años; él, treinta y cuatro. En la noche de bodas, Tolstói le dio a leer sus diarios, que detallaban sus relaciones sexuales con siervas y sus enfermedades venéreas. Buen comienzo. A partir de ahí, Sophia tuvo trece hijos (cinco murieron en la infancia), los crió y educó prácticamente sola, gestionó la hacienda de Yasnaya Poliana, fue la editora, agente, secretaria y traductora de su marido, y, ojo al dato, copió a mano el manuscrito completo de Guerra y Paz siete veces. De principio a fin. Por las noches. A la luz de las velas. Después de que los niños y los sirvientes se fueran a dormir.

Siete veces. Voy a dejarlo ahí un momento para que haga efecto.

Mientras tanto, Tolstói escribía que nunca se había sentido tan libre y capaz de trabajar como durante su matrimonio. Un visitante de la hacienda llamó a Sophia «la esposa perfecta para un escritor» y «nodriza de su talento». Sophia, por su parte, también escribía: novelas, en respuesta a La sonata a Kreutzer, que toda Rusia interpretó como un retrato de su matrimonio infeliz. Tolstói se negó a leer la ficción de su mujer. Los manuscritos de Sophia no se publicaron hasta casi un siglo después de ser escritos.

O tomemos a Mileva Marić, la primera mujer de Einstein. Era la única mujer en la sección de física-matemáticas del Politécnico de Zúrich. En el examen de entrada, sacó en física exactamente la misma nota que Einstein. Trabajaban juntos por las noches, según múltiples testimonios familiares (y hay un debate sobre sus contribuciones al trabajo de su marido). Pero Mileva se quedó embarazada antes de casarse, lo que descarriló sus estudios (suspendió su examen final estando de tres meses), y a partir de ahí el reparto quedó claro: Einstein trabajaba ocho horas al día en la Oficina de Patentes; Mileva asumió todas las tareas domésticas. La mujer que había sacado la misma nota que Einstein en física se dedicaba ahora a cocinar, limpiar y criar hijos para que él pudiera pensar. En su copia de un libro sobre la cuestión sexual de la época, Mileva había subrayado una frase: «El trabajo doméstico de una esposa no debería verse como una prestación independiente, sino como trabajo real por el que debería ser pagada igual que su marido». Esto fue en 1904. Seguimos esperándolo.

Véra Nabokov abandonó su propia carrera incipiente como escritora para dedicarse íntegramente a la de su marido. Mecanografió todos sus manuscritos (Nabokov nunca aprendió a escribir a máquina). Fue su editora, traductora, agente literaria, contable y secretaria. Asistió a todas sus clases en Cornell, sentada en primera fila, y lo sustituía cuando estaba enfermo. Condujo el coche en cuyos asientos traseros él componía Lolita. Y cuando Nabokov intentó quemar el manuscrito de Lolita (varias veces), Véra lo sacó del fuego. «Nos quedamos esto», dijo. A los ochenta años traducía Pálido fuego al ruso. Su lápida dice: «Esposa, musa y agente». Nabokov dijo en vida: «Sin mi mujer, nunca habría escrito una sola novela». Al menos lo dijo.

Y luego está Stephen King, que a mí personalmente me genera emociones encontradas pero que es un caso interesante precisamente porque él sí reconoce públicamente lo que pasó. A principios de los setenta, King vivía con Tabitha en una caravana. Él enseñaba inglés en un instituto. Tabitha trabajaba haciendo turnos en Dunkin’ Donuts para que él pudiera escribir por las noches. King ni siquiera tenía máquina de escribir propia: usaba la Olivetti de Tabitha. Ella le montó un escritorio improvisado entre la lavadora y la secadora. Cada noche, mientras Tabitha cambiaba pañales y hacía la cena, King se encerraba en el lavadero a escribir. Y cuando tiró a la basura las primeras páginas de Carrie, fue Tabitha quien las rescató y le dijo: «Aquí hay algo. De verdad creo que sí». En el discurso de aceptación del National Book Award, King dijo: «Espero que sepas, Tabby, que están aplaudiendo por ti y no por mí». Bonito. Honesto. Pero la estructura de fondo era la misma: ella en Dunkin’ Donuts y cambiando pañales, él en el lavadero creando. Que lo reconozca no cambia la desigualdad, pero, al menos, la hace visible.

Mientras tanto, ellas

Porque hay un reverso de esta moneda que es igual de importante. Mientras los escritores tenían a alguien gestionándoles la vida, las escritoras tenían que construir su obra en los huecos que dejaba el sistema. Y eso cuando se les permitía escribir, que solemos olvidar que era un privilegio reservado, básicamente, a mujeres de buena familia con algo de suerte.

Las hermanas Brontë publicaron bajo pseudónimos masculinos: Currer, Ellis y Acton Bell. Lo hicieron porque la autoría no se consideraba una ocupación apropiada para mujeres. La mayoría de las mujeres de su época eran criadas, cocineras, institutrices o lavanderas; su prioridad era ser mujer y eso siempre debía ser su primera profesión. Antes de poder dedicarse a escribir, las tres hermanas trabajaron como institutrices y maestras por sueldos míseros, y sólo pudieron dedicarse a la escritura cuando su tía les dejó una herencia. Es decir: necesitaron literalmente dinero caído del cielo para poder escribir. Charlotte fue la única que se casó, a los treinta y ocho años, y murió menos de un año después de complicaciones del embarazo. No les dio tiempo a desarrollar un sistema de productividad.

Jane Austen, que tampoco se casó, escribía en el salón común de la casa familiar y, según la tradición, tapaba sus manuscritos si alguien entraba. Ni habitación propia ni sistema de las cuatro de la mañana; sólo una mujer escribiendo en los huecos que le dejaba la vida doméstica, publicándose como «una dama», sin nombre. Y Austen era un caso relativamente privilegiado: tenía educación, familia que la apoyaba, cierto tiempo libre. Muchas otras no tenían ni eso.

Elizabeth Gaskell escribió seis novelas largas y cuatro libros de no ficción. También tuvo siete hijos, crió a cinco, y realizó todas las tareas de esposa de un ministro unitario. Es decir: lo que para Tolstói era «sólo» escribir (con Sophia haciendo todo lo demás), para Gaskell era escribir Y hacer todo lo demás. Sin infraestructura. Sin sistema. Sin nadie copiándole el manuscrito siete veces a la luz de las velas.

Virginia Woolf lo formuló perfectamente en 1929, en Una habitación propia: «Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si quiere escribir ficción». E inventó a Judith Shakespeare, la hermana ficticia de William: igual de talentosa, pero destinada a tareas domésticas, sin acceso a educación, acabando suicidándose sin haber escrito una sola línea. El experimento mental más devastador de la literatura feminista. Woolf también habló del «Angel del Hogar», esa voz interior que le decía a la mujer escritora que fuera simpática, complaciente, que no molestara. Dijo que tuvo que matarlo para poder escribir.

La diferencia es cristalina. El escritor con «sistema» se despierta a las cuatro de la mañana, escribe ocho horas, corre, medita, y su mujer gestiona lo demás. La escritora con malabares escribe en los huecos. En el salón, tapando manuscritos, con pseudónimo masculino, después de acostar a los niños. Woolf lo dijo en 1929 y los gurús de LinkedIn lo ignoran en 2026.

Los números de lo invisible

En España, las mujeres dedican cuarenta y tres horas semanales a trabajo doméstico no remunerado y cuidado de menores. Los hombres, veintiocho. La diferencia son quince horas a la semana, lo que suma setecientas ochenta horas al año. Setecientas ochenta horas es prácticamente un trabajo a media jornada: gratis, invisible y no contabilizado en ningún PIB. Y esto es después de la pandemia, que supuestamente mejoró un poco las cosas porque los hombres, al verse encerrados en casa, tuvieron lo que las investigadoras Farré y González, de la Universidad de Barcelona y la Pompeu Fabra, llamaron una «mayor exposición a las responsabilidades familiares». Qué descubrimiento.

A nivel global, las mujeres realizan una media de cuatro horas y seis minutos diarias de trabajo de cuidados no remunerado, frente a una hora y cuarenta y dos minutos los hombres. En un estudio de ocho mil quinientas parejas heterosexuales, las mujeres realizaban la mayor parte del trabajo invisible en el noventa y tres por ciento de los casos. Incluso cuando ambos trabajaban a tiempo completo. Incluso cuando ella era la principal fuente de ingresos.

El noventa y tres por ciento.

Si el trabajo doméstico no remunerado se contabilizara en el PIB, podría representar entre el quince y el cincuenta por ciento del producto interior bruto de cualquier país, dependiendo de cómo se mida. Es una cantidad obscena de valor económico que simplemente no existe en las cuentas. Y como no existe, no se ve. Y como no se ve, no se valora. Y como no se valora, seguimos repitiendo la narrativa de que el éxito es cuestión de disciplina individual.

El privilegio disfrazado de disciplina

Francis Galton, el primer investigador en estudiar la base hereditaria de la eminencia, escribió en el siglo XIX que un hombre dotado alcanzaría la grandeza siempre que no tuviera «llamadas urgentes sobre su atención, ni penas domésticas, ni ansiedades y preocupaciones mezquinas, ni trabajo profesional constante para el mantenimiento de una familia numerosa». Para los hombres, decía Galton, esta condición es rara. Para las mujeres, prácticamente inexistente. Esto lo dijo hace más de cien años y sigue siendo la descripción más precisa de lo que pasa.

Porque eso es exactamente lo que la cultura de la productividad hace: convierte un privilegio estructural en una virtud individual. El «sistema» de Murakami no es disciplina; es tener a alguien que te gestione la vida. La rutina de las cuatro de la mañana no es fuerza de voluntad; es tener una infraestructura que te permita levantarte a las cuatro de la mañana sin preocuparte de quién va a llevar a los niños al colegio, quién va a hacer la compra, quién va a hacer la comida, quién va a poner la lavadora y quién va a ocuparse de que la casa no se caiga a trozos.

Y el gurú de LinkedIn no te dice eso. El gurú de LinkedIn te dice que es cuestión de mentalidad, de hábitos, de levantarse temprano y meditar y hacer journaling y tener una morning routine y dejar el móvil en otra habitación y bloquear el calendario y proteger tus deep work hours. Todo eso está muy bien si tienes a alguien haciendo lo que tú no haces mientras tú haces lo tuyo.

Un artículo reciente sobre las «faculty wives», las mujeres de profesores universitarios, lo decía con una claridad demoledora: los bufetes de abogados se construyeron asumiendo que los socios tenían esposas en casa gestionándolo todo. También los hospitales. También las corporaciones con reuniones a las siete de la mañana y cenas con clientes a las nueve de la noche. La pareja con dos carreras sigue navegando sistemas diseñados para un hogar con una sola carrera y una persona de apoyo a tiempo completo. Cuando ambos trabajan, alguien sigue teniendo que gestionar al pediatra, los permisos del colegio y lo que se ha roto. Ese trabajo no ha desaparecido, y sigue siendo invisible.

Y luego está el sesgo en la propia idea de «genio». Un estudio publicado en la revista Nature en 2017 encontró que las niñas a partir de los seis años ya son más propensas a atribuir la brillantez a los niños que a sí mismas. Seis años. No es que las mujeres no puedan ser genias; es que el concepto de «genio» está diseñado alrededor de un tipo concreto de persona que tiene un tipo concreto de privilegio que le permite dedicarse en cuerpo y alma a una sola cosa mientras otra persona se ocupa de todo lo demás. Pero eso sí: luego te dirán que la multitarea es el secreto del éxito.

El sistema del sistema

No digo que Murakami no sea disciplinado. No digo que Tolstói no fuera un genio. No digo que Stephen King no se lo currara en aquel lavadero. Lo que digo es que la historia que nos cuentan está incompleta, y que esa incompletitud no es inocente. Cada vez que alguien te vende la rutina de un hombre exitoso como si fuera un blueprint replicable, está omitiendo la infraestructura que la hace posible. Y esa infraestructura tiene, históricamente y estadísticamente, nombre de mujer.

Sophia Tolstaya copiaba Guerra y Paz de noche, a la luz de las velas, después de criar a trece hijos. Véra Nabokov sacaba Lolita del fuego. Tabitha King hacía turnos en Dunkin’ Donuts. Mileva Marić subrayaba libros sobre el valor del trabajo doméstico mientras fregaba los platos de un futuro Nobel. Y mientras tanto, las hermanas Brontë publicaban con nombre de hombre porque si no nadie las habría leído, y Elizabeth Gaskell escribía seis novelas Y criaba a cinco hijos Y hacía de esposa de ministro, sin que nadie le montara un escritorio entre la lavadora y la secadora.

Así que la próxima vez que el gurú de LinkedIn te diga que el secreto del éxito es tener un sistema, pregúntale una cosa: ¿quién gestiona el sistema del sistema?

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Una respuesta a «El sistema detrás del sistema (o por qué la rutina de las 4 de la mañana necesita que alguien haga la cena)»

  1. Avatar de evavill

    Muy bueno y real!!

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