Mejor therian que fascista

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El lunes por la mañana, si alguien te hubiera preguntado qué es un therian, lo más probable es que hubieras respondido con cara de póker. El martes ya lo sabías. El miércoles ya tenías una opinión formada. El jueves había quedadas convocadas en las principales plazas de España para ir a verlos. O a buscarlos. O a perseguirlos, que en algunos casos fue exactamente lo que pasó.

Para quien todavía necesite el resumen: los therians son personas que sienten una conexión espiritual o psicológica con un animal. La identificación no es física ni literal: no creen que vayan a transformarse en un lobo, ni van al veterinario, ni pretenden tener derechos de mascota. La propia comunidad lo define como identificarse «psicológica, espiritual o neurológicamente» con un animal no humano. La comunidad existe en internet desde los noventa, su nombre viene de la fusión de las palabras griegas therion (bestia) y anthropy (humano), y su población mundial se estima en torno al 0,05% de las personas. En Barcelona son tan poquitos que, según contó uno de sus miembros a la agencia EFE, hace dos años tuvieron que desplazarse hasta Asturias para quedar con otro.

Así que no. No es exactamente una epidemia. No es «la nueva moda entre los jóvenes». No es un problema generacional que amenace los cimientos de la civilización occidental. Y sin embargo, durante varios días, parecía que España no tuviera nada más urgente de lo que hablar.

Habrá quien lo achaque a la incapacidad crónica de los medios de comunicación para resistirse a lo viral, y en parte tiene razón. Pero sólo en parte.

El laboratorio latinoamericano

Lo que ocurrió en España no cayó del cielo. Ni siquiera fue especialmente original; fue un ensayo que ya se había hecho antes, en otro país, bajo circunstancias muy concretas.

En Argentina, el fenómeno therian explotó en redes sociales a principios de febrero de 2026. El 10 de febrero se convocó una concentración en Buenos Aires. Días después circuló el rumor de que un therian había mordido a una adolescente de 14 años en Córdoba. El relato se extendió sin apenas pruebas. Figuras de la derecha dura como Agustín Laje calificaron el fenómeno de «degeneración». El analista político Andrés Kogan Valderrama, sociólogo chileno que lleva semanas documentando el uso político del tema, señaló algo que pasó bastante desapercibido en los medios españoles: el pánico therian en Argentina estalló en el momento exacto en que el Senado aprobaba una reforma laboral del gobierno de Milei que precarizaba las condiciones de trabajo de millones de personas. Mientras la gente hablaba de chavales con máscara de lobo, se aprobaba una ley que recortaba derechos conquistados durante décadas.

No es que hubiera una sala de guerra donde alguien pulsara un botón y dijera: «¡Activad el pánico therian!». No hace falta que sea tan deliberado para que funcione. Basta con que el escándalo resulte conveniente, con que los medios lo amplifiquen porque genera clics, y con que ciertos sectores lo aprovechen para lo que siempre aprovechan estas cosas.

Desde Argentina, el guion viajó sin cambios a España. Misma estructura, mismo ritmo, misma retórica.

Cómo se fabrica un monstruo en 48 horas

El mecanismo fue impecable, si uno puede admitir cierta admiración técnica por estas cosas. Primero, TikTok empieza a amplificar vídeos de adolescentes haciendo contenido therian: máscaras de animales, movimientos cuadrúpedos, estética de lobo o zorro. Nadie sabe con certeza si el algoritmo los empujó por la cantidad de interacciones o si hubo algo más detrás, pero el resultado es que se volvieron virales. Después llegaron las reacciones indignadas, que generaron más alcance que el contenido original. Después los medios recogieron las reacciones, porque ahora el periodismo es citar tweets. Después las tertulias. Y en algún momento del proceso, entre los vídeos reales, empezaron a circular imágenes generadas con inteligencia artificial y grabaciones de gente disfrazada haciendo humor que se presentaban como si fueran therians auténticos.

El resultado fue un espejismo mediático perfecto. Según el profesor de Sociología Daniel Valdivia, de la Universidad Pablo de Olavide, «la probabilidad de cruzarse con un therian por la calle es mínima, pero lo que es casi imposible estos días es consumir redes sociales o medios de comunicación sin encontrar a gente hablando del tema». El escándalo siempre vende, pero el escándalo sobre algo raro, minoritario y fácilmente caricaturizable vende todavía más.

Circuló también, como puntilla, un bulo muy concreto: que el Gobierno estaría preparando una ayuda de 426 euros mensuales para quienes «se autoperciban como animales». La cifra no era casual: remite a subsidios reales. Busca vincular lo absurdo con lo institucional, y de paso meter en el mismo saco a las personas trans, a quienes va dirigida la expresión «desajuste en la autopercepción». Falso de principio a fin, pero efectivo como munición.

Mientras tanto, los problemas de siempre seguían ahí: los accidentes laborales, el mercado de la vivienda, la concentración de riqueza… Cosas que, curiosamente, son mucho más difíciles de resumir en treinta segundos de vídeo.

Las quedadas que no eran quedadas

El viernes y el sábado llegaron las concentraciones. En Barcelona, unas 3.000 personas se juntaron en el Arc de Triomf. En Bilbao, cientos en la Plaza Circular. En Madrid, A Coruña, Málaga, Pamplona, Ávila, Salamanca, Segovia. El patrón fue idéntico en todos los sitios: mucha gente con el móvil levantado esperando el espectáculo, y muy pocos o ningún therian real.

En Pamplona, nadie con máscara apareció en la plaza del Castillo. Cuando corrió el rumor de que los therians podían estar en otra parte, cientos de personas se desplazaron a pie colapsando varias avenidas. En Lugo, la cita se canceló después de recibir mensajes del tipo «os vamos a arrancar las pieles» y «voy a salir de caza». En Córdoba, la cancelación llegó tras una avalancha de amenazas de muerte. En algunas ciudades, quienes sí aparecieron en las concentraciones fueron militantes de Vox con sus carpas verdes, aprovechando el ambiente.

Los propios therians denunciaron algo que añade otra dimensión al asunto: que en ocasiones se crean cuentas falsas haciéndose pasar por miembros de la comunidad para convocar quedadas que en realidad son emboscadas. Parte de las concentraciones que generaron alarma, en otras palabras, ni siquiera procedían de therians reales.

En Bilbao ocurrió la escena que mejor resume lo que pasó ese fin de semana: dos chicas se identificaron como therians ante la prensa. No iban disfrazadas ni tampoco llevaban máscara porque, como ellas mismas dijeron: «No nos hemos querido disfrazar porque esto es una cosa seria». Tenían pelo teñido, estética no normativa y un aspecto que se consideraría diferente. La multitud las identificó y empezó a correr detrás de ellas. Tuvieron que meterse en El Corte Inglés para despistarlos. Dos personas huyendo de una turba por tener una estética que no encajaba en el molde.

En Madrid, una chica de 15 años llamada Gabriela acudió a Sol con una máscara de zorro buscando gente como ella. Acabó rodeada en un círculo de móviles que la forzaban a saltar mientras la insultaban sin que nadie interviniera. Como relata El País:

Gabriela, una joven de 15 años detrás de la máscara de zorro en Madrid, señalaba que acudió a la Puerta del Sol buscando otras personas como ella. La menor dijo sentirse agobiada y desilusionada en lo que iba a ser «su primera quedada con gente como ella», después de que le gritaran que saltara en contra de su voluntad, encerrada en un círculo por múltiples personas que la grababan con su teléfono. Sólo había influencers que buscaban viralizar su contenido y cientos de chavales reunidos para ver el fenómeno y burlarse.

Misteriosamente, ninguna de las tertulias que debatieron durante horas sobre si los therians están bien de la cabeza dedicó un solo minuto a preguntarse qué dice de nosotros que hayamos convertido a una niña de 15 años que buscaba personas afines en atracción de feria.

«Si puedes autopercibirte como gato, ¿por qué no como lavadora?»

Esta frase apareció en decenas de comentarios durante los días del fenómeno. Si te suena a algo que ya habías visto antes, no es casualidad. El sociólogo chileno Andrés Kogan Valderrama lleva tiempo documentando cómo se trata de una consigna con recorrido, empleada sistemáticamente en distintos países de habla hispana para vincular la identidad therian con los derechos trans y presentar ambas como igualmente absurdas. En España, la habrás visto circular junto a otras joyas del mismo perfil, como aquella del «helicóptero de combate». La función es la misma: ridiculizar mediante el absurdo, y después arrastrar con ese ridículo lo que realmente molesta.

La conexión entre therians y personas trans no es nueva ni accidental. En Estados Unidos, la derecha lleva años difundiendo el bulo de que los colegios instalan cajas de arena para alumnos que se identifican como gatos. Una historia que no tiene ninguna evidencia real, que ha sido desmontada repetidamente por verificadores de todo tipo, pero que llegó a convertirse en propuesta legislativa en Texas. La «Ley de Furries»: prohibir algo que no existe para atacar a alguien que sí existe.

El argumento de fondo, aunque nadie lo formula así exactamente, es el de siempre: la pendiente resbaladiza. Si aceptamos que haya personas trans, pronto tendremos que aceptar a quien se crea lobo. Si puedes cambiar de género, ¿por qué no de especie? Si después de lo trans viene lo animal, ¿qué vendrá después? Es un argumento de mala fe que usa el ridículo como arma, que convierte en objeto de burla o de asco algo para después arrastrar consigo lo que realmente le molesta.

La psicóloga Andrea Mezquida, especializada en identidades queer, lo dijo sin rodeos al ser consultada por El Diario: «Comparar a las personas trans y la autodeterminación de género con el fenómeno therian no es un acto inocente ni basado en un desconocimiento genuino. En la mayoría de los casos se está utilizando como una estrategia política, mediática y social para desacreditar a las personas trans, borrando de un plumazo todas las décadas de lucha y activismo». La autodeterminación de género lleva décadas de historia, está respaldada por organismos internacionales como la OMS y está relacionada con el acceso a derechos fundamentales como la asistencia sanitaria o el reconocimiento jurídico. Equipararla con una tendencia viral no es un error de comprensión. Es una estrategia.

Mientras tanto, en las tertulias de televisión, «expertos en salud mental» explicaban que el therian podría convertirse en un trastorno. El ciclo se cerraba sobre sí mismo: primero el pánico, luego la patologización, luego la asociación con lo trans, luego la demanda de restauración moral. Es una plantilla que les funciona muy bien.

Lo que perseguían realmente

Volvamos a Bilbao. Dos chicas, sin disfraz, con el pelo teñido y estética queer huyendo de una turba en El Corte Inglés.

Nadie las perseguía porque se creyeran literalmente un gato o un border collie; las perseguían porque no tenían el aspecto que se supone que deben tener. Porque su estética no encajaba. Porque eran, en el sentido más amplio de la palabra, diferentes. El therian era la excusa; la diferencia era el objetivo.

No es la primera vez, ni será la última. Cada generación tiene su tribu urbana monstruosa: los góticos que adoraban al diablo, los emos que supuestamente se automutilaban todos, los punks que querían destruir la sociedad, los raperos que corrompían a los jóvenes. El mecanismo es siempre el mismo: se identifica a un grupo con una estética reconocible, se le asigna una etiqueta de rareza o peligrosidad, se agita el pánico moral, y se usa ese pánico para justificar la violencia o la exclusión contra cualquiera que se parezca, aunque sea de lejos, a ese grupo. Lo que cambia es el nombre del monstruo de turno, pero la función es la misma.

Como señaló el diario catalán Ara, los agresores que fueron a «vigilar» a los therians en parques y plazas serán, con toda probabilidad, los mismos que mañana encuentren otro colectivo al que señalar. Porque no iban a por los therians; iban a por lo diferente. Los therians sólo fueron la excusa del mes.

Y mientras tanto, la tele seguía hablando de si es un trastorno mental o no. Los periódicos seguían explicando qué es un therian. Las redes seguían ardiendo. Y en Argentina se aprobaba una reforma laboral que recortaba derechos de millones de trabajadores. Y en España el precio de la vivienda seguía siendo lo que era. Y los problemas que no caben en treinta segundos de TikTok seguían esperando.

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Una respuesta a «Mejor therian que fascista»

  1. Avatar de evavill

    Las redes arden por todo, no sé cómo no están ya chamuscadas. Y mientras la gente sigue la viralidad del momento no piensan en nada más o, directamente, no piensan.

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